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miércoles, 22 de octubre de 2014

POEMA CREATIVO

LA PIEDAD ERA DE PIEDRA Y HIEDRA


Suplicaba por su vida,
la bella noble doncella, nadie la socorría,
cuál tardía solución, su vida se espiraba con una falsa ilusión.

Su deseo era que viniese su príncipe a galope del buen sueño
y la salvase de las malas manos envidiosas de su querer,
mas lloraba para gozo de su astuta enemiga, la bruja de la discordia de reyes.

Suplicaba por su vida,
la bella niña, indefensa de aquella astuta picardía y mala osadía,
mas su anhelo se evadía por el vano aire vacío, la mala heredera la clavó el cuchillo.

Fue víctima de la falsa justicia, dejó el cuerpo a la deriva,
sobre la tierra, su único testigo de este fatal desenlace,
la asesina se alejó en busca de soldados corruptos de la venganza más sucia y más ruin.

Suplicó por su vida,
con un tenue gemido,
una ardilla la oyó y la tiró las bellotas de la buena esperanza, eran tres exactamente.

Una rebotó en la bella doncella,
cayó al río y fue arrastrada por las corrientes de las aguas puras del destino,
llegó la bellota hasta la casita del buen hechicero de las envidias insanas.

Venía de la lejanía más cercana,
de los reinos del horizonte más oscuros y perdidos,
algún mal presagio llevaba, de ella, salían lágrimas de sangre real.

Aquel guapo mago siguió el rastro de estos rojos lloros,
cuál camino más triste y amargo...
lo guió hasta donde yacía la guapa doncella, heredera del reino pequeño.

Suplicaba por su vida,
con un hilo de respiración, suspiro del lamento más cruel y siniestro,
el de la hija de aquel rey, primer de abordo del país de los laberintos interminables.

La llevó al castillo con un caballo guiado por los ángeles cansados,
y su alma más noble se desprendió de su cuerpecito, triste y desnudo,
con más ropa que una manta invisible, su padre la abrazaba llorando y gimiendo por su hija.

El espíritu más noble se había ido,
la bella bellota seguía llorando y llorando la sangre más roja y dolida,
cayeron tres lágrimas sobre su cuerpo y regresó la dulce doncella a la vida.

Cuál feliz estaba su padre y cuál infeliz la asesina, la otra niña, que llamaba hijastra,
la mala heredera era quien suplicaba ahora por su vida,
lentamente, los centinelas de la noche más oscura y sin estrellas, la torturaban sin pena ninguna.

El espíritu más negruzco se desvanecía suplicando piedad,
la mano de la libre inocencia, liberó a su enemiga, sin embarga hermana,
aunque sólo fuera de madre, la quería, a pesar de todas sus reales torpezas y engreídos parciales.

La liberó de la muerte pidiendo al rey, su padre amado y querido,
"no la mates, por favor, no la mates"...
y la malvada vivió muerta en vida y en sus sucios pensamientos más tormento que el de no ser reina ni tan siquiera plebeya.